Treinta y una

Treinta y una

La jugada más característica del mus, con tres reyes (bueno, alguno dirá que eso no son reyes, que son treses, y que el mus de verdad se juega sólo con cuatro reyes y no con la mariconada esa de los treses… :D). Muy buena jugada a la grande, buena jugada a pares, buen juego. Pero en el mus, como en la vida, aunque te caigan en la mano las mejores cartas tienes que saber jugarlas para sacarle todo el partido… porque si te despistas te pueden incluso mojar la oreja.

La importancia de la iluminación

Hoy he encontrado en el buzón un papelito de propaganda. De una tienda de decoración local, que se posiciona en el segmento del “buen gusto”. Pero las fotos… ay, las fotos.

La parte del estilismo está razonablemente bien. La composición de las fotos, pues también bien. Pero la iluminación es lamentable. La mayoría de las fotos están subexpuestas. En otras se ve claramente que trabajaban con una única fuente de luz artificial, porque hay zonas medianamente bien iluminadas pero otras demasiado oscuras. En otra (una cama con dosel) se ve claramente el “flashazo” dirigido al techo (y que sólo ilumina el dosel, dejando la cama en la sombra). Pero mi “favorita” es una donde se ha utilizado el flash desnudo, sin ningún tipo de difusor, con las consecuentes sombras proyectándose por toda la foto; o sea, la foto que cualquiera con una compacta hubiera sacado.

La verdad, pésimas fotos que arruinan el mensaje de “estilo” que se pretende dar al folleto. Supongo que pedirían las fotos a algún amigo “ya que tienes esa cámara tan buena”. O peor aún, que han pagado por ellas a un fotógrafo profesional y bastante torpe. En todo caso, alguien debería haber dicho “estas fotos no valen”.

Tengo la duda de si todo el mundo las percibirá así, o si es únicamente que yo últimamente estoy aprendiendo y experimentando un poco más con el tema de la iluminación y por eso me ha saltado al ojo. Pero algo me dice que una persona “normal”, al ver estas fotos, pensará “hay algo que no está bien”; aunque no sepa qué es.

Edito: como bien me dice Lady Madonna en un comentario, sin ver las fotos no se puede valorar… así que he escaneado el folleto para que podáis verlas

El abuelo y la turista

El abuelo y la turista

Ya sabéis que soy de Salamanca. Y una de las cosas que más me gusta de Salamanca es su Plaza Mayor. No es sólo que me parezca una belleza arquitectónica, que me lo parece. Es que sigue siendo, en gran medida, una “plaza de pueblo”, un lugar de paso y encuentro para sus habitantes y sus visitantes. Como resultado, raro es el momento del año, día o noche, en el que no sea un hervidero de gente. Y donde hay gente, hay fotos.

Me hizo gracia esta escena. Una turista, mapa en ristre, sentada (como tantos y tantos) sobre la piedra de la Plaza. Y un paisano, de boina y cayado (pero eso sí, con un moderno forro polar de la Universidad de Salamanca), intentando entablar conversación. El ayer y el hoy, lo de casa y lo de fuera, encontrándose en la Plaza Mayor.

Pescador

Pescador

Una mañana de invierno con el cielo bien encapotado, paseando hacia la isla del Soto (en Salamanca), encontramos a este pescador. Con la paciencia que caracteriza a los aficionados (¡yo sería incapaz!) sujetaba la caña, a ver si conseguía que algún pez del Tormes picara.

De esta foto me gustó cómo quedó el fondo. Siendo como es un picado, las aguas del río ocupaban todo el encuadre, proporcionando un fondo homogéneo (quizás demasiado; ójala tuviera algo de textura el agua) para destacar la figura del pescador y la de su herramienta de trabajo.

Como decía antes era una mañana completamente nublada, algo muy bueno para la luz; las nubes actúan como difusor natural, proporcionando una iluminación multidireccional y homogénea en contraposición a lo que pasa cuando cae el sol de plano.

Siesta al sol

Siesta al sol

Una tarde de invierno, con mi réflex recien estrenada (me la trajeron los Reyes del 2007), salí a dar un paseo por Aranda. Probablemente fue mi primera “salida fotográfica” con ella. Me entretuve fotografiando todo lo estático que me encontré (iglesias, calles… ese tipo de cosas). Cuando de repente, volviendo por la Plaza Mayor, vi a este buen hombre, sesteando al sol de invierno. Con más vergüenza que otra cosa, con el zoom más largo que tenía, apunté y disparé.

¿Que por qué la vergüenza? Pues hombre, la verdad es que me daba (y me sigue dando) bastante apuro ir por la calle y sacar fotos a gente. Si es “con permiso”, porque todavía me cuesta horrores acercarme a alguien y decir “oye, ¿te importa que te haga una foto?”. Sé que es absurdo, que a nadie le ha pasado nada por preguntar, que a la gente no le suele importar y que si alguien no quiere, no se le saca y ya está. Y si es “sin permiso” (un “robado”, vamos), por la sensación de que les pueda parecer mal, que te puedan decir algo, que surja un conflicto… En fin, por una cosa o por otra, no me siento muy cómodo con esto de la “fotografía callejera”. En ese sentido, me gustó mucho este post de Zack Arias donde relata un “proyecto” que se autoimpuso en un viaje a Nueva York; conseguir 10 retratos de desconocidos, superando la ansiedad que a él (siendo como es un fotógrafo profesional, que se supone que está más acostumbrado a estas cosas) le produce. Probablemente no estaría mal plantearse algo similar…

El caso es que, aunque fuera de forma furtiva, conseguí esta foto. Espero que a este amable convecino no le importe.

Por cierto, que lleva un poquito de retoque. La pared del fondo, en el original, tenía un par de pintadas y bastantes pegotes de papel (la gente suele usar esa pared para colgar carteles; luego los arrancan pero siempre quedan trocitos, el papel adhesivo, etc. ). Con la herramienta de clonar en el Photoshop, un poquito de paciencia, y aprovechando la textura de la piedra, fui eliminando (casi por completo) todos esos detalles que afeaban el conjunto. Creo que quedó bastante digno, ¿no?

Cobrar o no cobrar, ¿ésa es la cuestión?

Llego, gracias a un tuit de Phosy, a un artículo escrito por Fernando Puche. En él, reflexiona sobre las ocasiones en las que a un fotógrafo se le pide que “trabaje gratis”, y cómo en su opinión es “una de las cosas que debíamos intentar erradicar de la prácticas fotográfica de este país” porque es una cuestión de “ética” y de “dignidad”.

Pues yo no estoy de acuerdo. Por varios motivos.

En primer lugar: yo soy completamente libre para hacer lo que me de la gana. Si quiero permitir que la gente use mis fotos sin pagar, estoy en mi derecho. Si quiero dedicar una tarde de mi tiempo libre a hacer una sesión fotográfica sin cobrar, estoy en mi derecho. ¿Competencia desleal? Para nada. Sería competencia desleal (y no en el sentido legal de la palabra) si, por ejemplo, yo cobrase por esos trabajos “en negro”, sin los costes legales. ¿Pero hacer yo lo que quiera, en mi tiempo libre, con el resultado de mi afición? ¿En qué se podría basar alguien para decirme “no, eso no lo puedes hacer, yo te lo prohíbo”?

Por esa misma regla de tres, cada uno puede hacer lo que le plazca. Si quieres cobrar porque alguien use tu foto, adelante, puedes intentarlo. Si quieres negarte a “trabajar gratis”, perfecto. Eres libre. Con tu libertad, y con la mía, se forma una curva de oferta. Se cruzará con la oferta de demanda (¿qué están dispuestos a pagar unos hipotéticos compradores, y por cuánto?). Y se llegará a un punto de equilibrio. Leyes del mercado libre. Siempre habrá vendedores insatisfechos (que hubieran preferido cobrar más por lo mismo) y compradores insatisfechos (que hubieran preferido pagar menos por lo mismo), que no participan en una transacción. Pero así son las cosas. Y si resulta que el mercado arroja un precio de equilibrio de cero, o muy barato… pues es lo que hay.

En segundo lugar, el articulista cita varios ejemplos; que si le llaman para ser jurado de unos premios, que si le piden diez líneas para acompañar una foto en un libro. No había retribución monetaria. ¿Pero toda la retribución tiene que ser monetaria? Aparecer como jurado de un premio importante, o firmando un texto en un libro de éxito, o sirviendo de base para una crítica fotográfica en una revista de notable difusión… tiene un valor. Es visibilidad pura. Es prestigio. Cosas que pueden posteriormente rentabilizarse de forma indirecta(con cursos, conferencias, venta de fotografías…). Por supuesto, volviendo al principio de libertad, él es muy libre de decir “eso a mí me da igual, yo sin dinero de por medio, nada”. Igual que otros pueden decir “a mí me compensa de sobra” y hacerlo.

Usa en el artículo un argumento que ya he oído otras veces. Que este “atropello” es ” favorecido demasiadas veces por la actitud pasiva de los propios perjudicados: fotógrafos y fotógrafas que no le dan el valor que se merece a su trabajo”. El problema es que el “valor” no es algo objetivo, que se pueda tasar. Cada uno otorgamos un valor determinado a nuestro tiempo, al resultado de nuestro trabajo. Y también a las cosas por las que estamos dispuestos a intercambiarlo: dinero, reconocimiento, satisfacción personal. Es una ecuación personal e intransferible, y de acuerdo a ella actuamos cada uno de nosotros. Y nadie puede venir a decir lo contrario.

¿Ética? ¿Dignidad? Para mí no tienen absolutamente nada que ver.

Hermanos

Hermanos

No es que pretenda abrasar aquí con fotos de los críos. Aunque hay que reconocer que, teniéndolos cerca, uno no se cansa de hacerles fotos… Como por ejemplo ayer: sábado por la mañana, y un ratito de hacer tonterías y revolcarse en la cama de los mayores, entre almohadas y edredones.

El problema de las fotos de interior es la iluminación, especialmente con modelos en movimiento; para hacer bodegones puedes jugar con una iluminación controlada, o incluso usar la luz disponible con tiempos de exposición largos… pero claro, con personas en movimiento no te puedes permitir esas exposiciones largas (las fotos saldrían muy movidas) y necesitas luz adicional.

Aquí estuve utilizando casi todo el rato la técnica del flash rebotado en el techo. Es decir, en vez de dirigir el flash directamente a los sujetos (lo que provoca una iluminación dura, sombras muy marcadas, diferencias de iluminación notable entre distintos planos), se dirige hacia el techo de forma que éste hace de difusor, proporcionando una iluminación más suave y homogénea. El problema es que no te puedes beneficiar de las ayudas (como el TTL) para calcular la potencia de flash necesaria, y tienes que hacerlo a manija. Y yo eso todavía no lo tengo muy controlado, y además tampoco había mucho tiempo (si me pongo a hacer pruebas, etc… la tropa se me aburre; ¡¡son poco pacientes!! Y como encima no parábamos de movernos, tampoco hubiera servido de demasiado… habría que haber estado recalculando todo el rato).

Posiblemente lo ideal (con mis medios) hubiera sido plantear un esquema de iluminación como el que apunta David Hobby en este post: dos flashes situados en esquinas contrapuestas de la habitación, apuntando al techo, creando una iluminación razonablemente homogénea y constante en todo el espacio. De esta forma, no hubiera importado dónde me pusiera yo, o dónde estuvieran los chicos, que la luz hubiera sido siempre la misma.

Pero tampoco fue algo planificado, así que hice lo que pude con el flash puesto en la cámara, pero en general las imágenes quedaron con menos luz de la que me hubiera gustado. Posteriormente con el Lightroom corregí un poco (o bastante, según el caso) la exposición, pero inevitablemente apareció ruido…

Pero bueno, con sus deficiencias técnicas, fue un rato la mar de entretenido. Y es que eso de poder compartir la afición fotográfica con la familia tiene su punto.

Cambio de guardia

Cambio de guardia

Hay un momento del día en el que el sol, una vez cumplida su jornada laboral, abandona la escena. Y aparecen las luces artificiales para hacer el turno de noche. Ahí, en ese rato en el que cambia la guardia, se cruzan ambos. Y así, hasta el día siguiente.

Garbanzos

Garbanzos

Está claro que no hay que ser una “superstar” para ser objeto de una fotografía. Algo tan humilde como unos garbanzos puede servir de modelo; lo importante es que estén a mano. En esta ocasión estaba haciendo una sesión con mi “mini-estudio” (unos flashes con paraguas, al estilo strobist; el soporte es la mesa de la cocina, y el fondo es un hule dado la vuelta), abrí el armario de la cocina y empecé a sacar “voluntarios”.

De esta foto me gusta especialmente los dos planos separados: el grupo de cuatro garbanzos enfocados, en el primer plano; y al fondo, la bolsa abierta ya más desenfocada. En fin, una probatura como otra cualquiera.

Que mis fotos parezcan más profesionales

Con este “pequeño” objetivo es con el que me presenté al curso de fotografía que organizaba el ayuntamiento de mi pueblo hace ya dos años. Era un curso de fotografía básica, y el primer día hubo una ronda de presentaciones en la que cada uno explicaba qué pretendía con el curso. Había gente que a lo que aspiraba era a entender el funcionamiento de su cámara doméstica. Mi aspiración era la que da título al post.

No tenía ningún conocimiento de fotografía, sólo la voluntad de aprender. Estaba al nivel del uso “típico” que se le da a las cámaras compactas domésticas: viajes, cumpleaños, alguna foto familiar… Y claro, yo veía que lo que yo hacía estaba a años luz de las fotos que podías ver por ahí. Pero algo me decía que, aun asumiendo que pudiera haber un componente de talento innato o las lógicas diferencias derivadas de la cámara que usases, yo podía (con el talento y la cámara que tenía a mi disposición) hacer mucho más por mis fotografías. “Que parezcan más profesionales” fue la forma de expresarlo, aunque supongo que me refería simplemente a que fueran “mejores”.

El curso discurrió por el terreno de lo básico. Pero a mí me sirvió para “ver el camino”, darme cuenta de la cantidad de cosas que efectivamente podía hacer para mejorar mis fotos. Sí, la cámara era uno de los factores, pero ni el único ni el más importante. Ahí fue donde empecé a entender las bases de la fotografía, el funcionamiento de la cámara, el impacto que nuestras decisiones tienen sobre el resultado final, la importancia de la iluminación, de la composición, del tratamiento posterior…

Desde luego, es un camino largo que apenas acabo de empezar. Pero, al menos, he ido adquiriendo una pequeña idea de por dónde hay que ir. Algo que, cuando fui aquel día al curso, era un misterio para mí.