La cámara se quedó en casa

Estas Navidades, como siempre, tocaba volver a casa. A las casas, en realidad; a la de mis padres, y a la de mis suegros. Una tourné de casi quince días, con niños, maletones y chismes variados. Por una parte, quince dias propicios para la fotografía, por estar en sitios distintos, por vida social. Pero por otro lado…

Tengo un concepto bastante solitario de la fotografía. Me gusta coger la cámara y estar, en la calle o en el “estudio”, a mi bola. Se me pasa el tiempo volando click aquí, click allá. Por eso, la perspectiva de quince días rodeados de gente, incluyendo a unos peques a los que atender, no me parecía demasiado compatible con la afición. Además, llevar la cámara supone otro chisme en el coche, otro chisme para subir y bajar, otro chisme para meter en algún lado… y seamos sinceros, para la fotografía “social” (la familia, etc.) no merece la pena (lo contentos que están con las fotos de compacta… ¿para qué más?)

Así que tomé la decisión de dejar el “aparataje” en casa. Creo que hice bien. Sí hubo un par de momentos en los que pensé “ay, si tuviera la cámara…”. Pero incluso se trataba de momentos casuales (en los que probablemente no la hubiera llevado encima de ninguna manera).

No sé si esto me descalifica como “fotógrafo”. Hay quien dice que hay que llevar la cámara encima todo el tiempo, que debe ser como una extensión de tu cuerpo. Supongo que no he llegado hasta ese punto.