El perro fiel
Paseando por la muy marinera villa de Santoña llamó mi atención una escultura de un perro. “Qué original”, me dije. Luego, me acerqué a ver de qué se trataba; una escultura en homenaje a todos los marineros que nunca volvieron a casa. Y se me encogió el corazón.
Yo soy de secano, y no he vivido para nada cerca de la cultura del mar. Sin embargo, no es difícil sentir simpatía hacia la dura profesión del marinero. Gente que abandona tierra por largas temporadas, que pasa semanas flotando a merced del mar mientras deja atrás a sus familias. Y el mar, por mucho que haya avanzado la tecnología, sigue siendo naturaleza en estado puro. Y a veces golpea, sin piedad.
Me suena haber visto en otros sitios esculturas en este sentido, que rinden homenaje tanto a los marineros que parten como a las famlias que les esperan. Pero ésta del perro tiene un significado especial. Porque las personas tenemos capacidad de raciocinio. Entendemos los riesgos que derivan de una actividad, e incluso en la peor de las circunstancias podemos entender qué es lo que ha sucedido. Pero un perro no. Un perro sólo entiende que, donde antes estabas, ya no estás. Y volverá al puerto todos los días a ver si hoy regresas, sin comprender que eso no sucederá nunca.
Actualización: he vuelto al sitio, y he copiado el texto de la placa de la escultura. Dice así:
“Según la tradición, estas piedras formaron parte del primer muelle de fábrica del puerto de Santoña, en el siglo XVII. De ellas partieron pescadores, marinos y navegantes santoñeses que con su esfuerzo y destreza ennoblecieron el nombre de su villa. Santoña recordará siempre a quienes de entre ellos no pudieron regresar para reposar en su tierra”

