Retocando una foto de grupo

Preparativos navideños

La otra tarde aprovechamos para montar el arbolito de Navidad, y el Belén. Y ya puestos, intentamos inmortalizar el momento. Así que monté la cámara en el trípode, puse un par de flashes para tener buena iluminación, temporizador 10 segundos…. y ¡patata!. Vaya, el niño se ha movido. Repetimos. Temporizador, corre a tu sitio que no llegas… ¡patata! No, ahora tampoco, la niña estaba mirándose las manos. Otra vez. Y otra. Y otra. No sé cuántas fotos “iguales” pude llegar a hacer. ¿Diez? ¿Quince? Pues la realidad es que ni una sola quedó digna (y mi nivel de dignidad era, simplemente, “todos mirando a la cámara a la vez”).

Cuando uno hace una foto de grupo con adultos, siempre se corre el riesgo de que uno no esté mirando, a otro pillarle con los ojos cerrados o un gesto raro… Si en el grupo encima hay niños, la probabilidad de que estén “despistados”, o poniendo caras, aumenta exponencialmente.

Pero todo tiene solución, si lo hemos pensado antes. Se trata de utilizar el Photoshop para crear una única foto a partir de varias. Por ejemplo, ésta que muestro. En la original, la niña estaba con los ojos entrecerrados, y encima medio mirando hacia abajo. Pero aproveché otra que hice después (en la que ya estaba mirando hacia el frente; pero en cambio el niño en ésa estaba haciendo el mico) para recortarle la cara y “pegársela” (jugando con las máscaras de capa para conseguir transiciones suaves) en la primera foto. De hecho incluso en ésta tuve que hacer un retoque posterior, porque en realidad no estaba mirando de frente sino que tenía los ojos ligeramente ladeados como mirando a la pared… así que tuve que “moverle” los globos oculares para que pareciese que mira a la cámara. El resultado, una foto “digna” que refleja una escena que nunca llegó a existir en realidad.

Para poder hacer esto, es recomendable tomar varias fotos (cuantas más tengamos, más probabilidades tendremos de encontrar “trocitos” que nos encajen para el resultado final). Si es posible, con la cámara montada en el trípode (para que haya las menores variaciones posibles en el ángulo y el encuadre, y por lo tanto el “collage” resulte más natural), mismas condiciones de iluminación (idem) y poses/posiciones de los sujetos más o menos parecidas (para que el encaje entre la parte que vamos a corregir y su “corrección” no resulte forzada).

En fin, puede parecer (porque lo es) “demasiado trabajo”. Sin embargo, para mí (incluso en estas fotos familiares, “intrascendentes”; no digamos ya si estamos intentando hacer una foto un poco más seria-profesional) es un trabajo que merece la pena, porque el resultado cambia de forma notable.

Fotos en la bodega

Botellero

El otro día celebramos una cena “pre-navideña” con los compañeros de la clase de música. Una de ellas se ofreció a invitarnos a su bodega particular en Fresnillo de Dueñas, y para allá que nos fuimos… ¡qué sitio tan chulo! Y qué bien nos trataron, y qué bien cenamos…

Aproveché a llevarme la cámara para sacar unas fotos “sociales” del evento. Con el 50mm 1.4 y el ISO bastante elevado conseguí hacer algunas fotos bastante chulas sin necesidad de iluminación adicional. Jugar con la poca profundidad de campo le da a las fotos un “toque” especial que no le dan otras focales, aunque la verdad es que eché en falta tener un angular un poquito mayor para hacer alguna foto de grupo.

También llevaba el flash; pero no acaba de gustarme demasiado el “flashazo”, y tampoco había techos/paredes blancos en los que rebotar. Así que al final hice la mayoría de fotos sin flash.

A mí, que no soy de “tierra de vinos”, me llama mucho la atención la “cultura de bodega” que hay por estas tierras ribereñas. Así que disfruté mucho con la posibilidad de recorrer las profundidades de ésta. Y de hacer algunas fotos “aquí te pillo, aquí te mato”. Con la tenue luz artificial, tuve que tirar de la máxima apertura y de un ISO más que notable (3200 en la foto de arriba; afortunadamente, mi cámara lo lleva bastante bien), y aun así el tiempo de exposición era suficientemente prolongado (1/10 en este caso) como para que las fotos hechas a pulso no estén todo lo nítidas que me gustaría. Pero bueno, menos da una piedra; aquí podéis ver algunas más.

En fin, espero más pronto que tarde poder organizarme una visita a una bodega con fines únicamente fotográficos, llevar el trípode y así poder despreocuparme de ruido y trepidación. Porque son lugares francamente fotogénicos.

Jugando con la profundidad de campo

En lo alto del balancín

Cuando cambié de equipo fotográfico me quedé un poco “huérfano” de objetivos. De hecho, ahora sólo tengo uno, un 50 mm… pero eso sí, muy luminoso; alcanza unos “escalofriantes” 1.4.

Esto quiere decir que puedes abrir muuucho el diafragma. Con un doble resultado: posibilidades de hacer fotos con poca luz ambiente (ya que al tener tan abierto el diafragma capta mucha luz; unido a lo bien que se comporta mi cámara con ISO alto… en fin, puedo hacer fotos donde antes no podía) y, si lo deseo, profundidades de campo muy cortitas.

Esta foto es un ejemplo de ello. Está tomada a f2.0. El balancín, en primer plano, empieza desenfocado. Poco a poco vamos entrando en la zona bien enfocada, donde se sitúa la simpática modelo. Y por detrás de ella, el fondo vuelve a estar desenfocado. Para mí este efecto (quizás por lo novedoso) es muy atractivo, agradable visualmente. Y además tiene la habilidad de “aislar” al protagonista, concentrando la atención del espectador en él.

En la parte negativa, jugar con la profundidad de campo te obliga a ser extremadamente cuidadoso, porque a nada que te descuidas el punto de enfoque se te desvía. De hecho en esta foto, lo que está verdaderamente enfocado es la parte de las manos y el antebrazo. La cara empieza ya a salirse de la zona bien enfocada, cuando debería ser la parte más nítida. Pero bueno, teniendo en cuenta que saqué la foto “a ciegas”, poniendo la cámara a la altura de los muslos mientras con las rodillas sujetaba el balancín… ni tan mal.

Photoshop sí o Photoshop no

Este debate sobre el uso del Photoshop debe ser tan viejo como la propia invención de los programas de retoque fotográfico. Reconozco que cada vez que me he topado con él, me ha resultado completamente ajeno. El otro día leí una frase que describe perfectamente lo que pienso al respecto:

Photoshop es un programa increíble, y sobre todo te proporciona infinitas opciones para crear arte. ¡Ten una mente abierta, y disfrútalo!

Desde luego que es muy pretencioso por mi parte decir que yo “creo arte”. Pero si aceptamos como cierto que tratamos de transmitir “algo” con nuestras fotos… ¿qué problema hay en que para llegar a ese “algo” hagamos uso, en combinación con la fotografía, de todas las posibilidades que nos ofrece el retoque?

“Es que hay gente que no es capaz de hacer buenas fotografías y luego las arregla con el photoshop”. Lo siento, no lo entiendo. Si hay dos caminos para llegar a un determinado resultado, uno que hace más énfasis en la fotografía y otro que hace más énfasis en el retoque… ¿por qué uno va a ser mejor que el otro? ¿Quién se erige en juez para decidir que una forma es la “buena”, la “pura”… y la otra es la “impura”? Personalmente, tengo la sensación de que esto es un argumento de los que sólo conocen uno de los caminos, y a quienes les frustra que haya otros que lleguen al mismo lugar por otro camino distinto (¿más fácil? Habría que discutirlo…)

Pero es que además yo creo que el retoque permite llevar el resultado a un nivel al que la fotografía, por sí misma, no llega. Con el uso de estas herramientas es posible transmitir más y mejor. ¿Por qué renunciar a ellas?

“Es que eso no es fotografía, es otra cosa”. Pues vale, lo llamamos como quieras. Pero lo cierto es que la combinación de fotografía + retoque puede ser mucho más potente que la fotografía por sí misma de cara a crear imágenes que transmitan. Así que, le llamemos como le llamemos, me quedo con ello sin dudar.

Fotos de carnet hechas en casa

Uno de los “placeres culpables” que he encontrado en esto de la fotografía es poder hacer mis propias fotos de carnet. Llamadme rácano, pero siempre me dio rabia lo de tener que pagar a precio de oro unas fotos que, por otro lado, no aportaban nada. Bien fuese en un fotomatón, o bien en tienda de fotografía, la cosa era sentarse, un disparo o dos, y hala, a apoquinar. Y si encima necesitabas copias extra (normalmente para cursos escolares y demás), más todavía.

Hacer fotos de carnet en casa es de lo más sencillo. Yo partí de una plantilla publicada en DZoom. Simplemente llenas los huecos con tus fotos con el Photoshop, bajas a cualquier sitio a imprimir una única copia de 10×15 (eso si no tienes una impresora con papel fotográfico, que entonces no tienes ni que salir a la calle)… y ya tienes 8 fotos de carnet.

Claro, la cosa está en hacer una foto digna. Mis consejos:

  • Si tienes una foto de carnet por ahí (procedente de una tanda antigua, o por ejemplo si a los niños se las han hecho en el cole), lo más sencillo es escanearla y así simplemente la duplicamos. No es algo que puedas hacer de forma permanente (salvo que quieras ser “eternamente joven”), pero en algunas circunstancias puede ser lo más cómodo.
  • Si tienes que hacerla de nueva, lo ideal sería montar el estudio fotográfico casero, con un par de luces (principal y relleno) bien difuminadas, fondo blanco… pero si no se tiene o no se quiere uno liar, puedes probar con la alternativa de hacerla en interior con flash rebotado en el techo (flashazo directo no, que se nota demasiado), o en exterior sin flash (lo mejor, en una zona de sombra para que la iluminación sea suave). Siempre, a ser posible, sobre un fondo neutro (una pared lisa va que chuta).
  • Para niños (que no son muy dóciles a la hora de posar) o para una urgencia, puedes buscar en el archivo alguna foto en la que el sujeto esté mirando de frente, a ser posible en solitario, y con un fondo lo más sencillo posible (teniendo en cuenta que tendrás que “limpiarlo” a posteriori).
  • No conviene olvidar los requisitos habituales de la foto de carnet. Para algunas cosas (tipo matrículas de colegio, etc.) puede ser menos estricto, pero para otras como DNI o pasaporte hay que tener más cuidado. Lo mejor, ceñirse siempre a los requerimientos del DNI que valdrán para todo
  • En el postprocesado conviene ajustar los niveles de iluminación (sin pasarse), y trabajar un poco el fondo para dejarlo lo más neutro posible (subiendo el nivel de blanco si ha quedado un poco grisáceo, eliminar algún elemento que distraiga, hasta incluso “inventarse” un fondo nuevo si el de la foto original no era adecuado). Si uno ya tiene ese punto coqueto, puede trabajarse un poco la foto (corregir ojeras, resaltar los ojos, repoblar zonas del cuero cabelludo que ya no son lo que eran, encoger la papada, eliminar granitos…). Eso sí, sin pasarse: que uno tiene que seguir pareciéndose a sí mismo :)

Y ya está, fotos de carnet a precios populares.

Experimentando con modos de fusión de capas

Cuentame un cuento

Siguiendo con mis experimentos con texturas, estuve dando algún paso más. Y es que algo muy relacionado con el uso de texturas es la utilización de los modos de fusión de capas en Photoshop.

Una de las grandísimas potencialidades de Photoshop, a mi modo de ver, es la utilización de capas; la posibilidad que nos da de trabajar distintos elementos de la fotografía por separado y obtener, pese a ello, un resultado final conjunto como resultado de la fusión de dichas capas. Lógicamente, dicho potencial lleva aparejado un cierto nivel de dificultad, especialmente a la hora de entender cómo interactúan las capas entre sí al poner una encima de otra. Eso nos lleva por un lado a entender bien el uso de la transparencia (de la capa completa o de zonas de ella a través de las máscaras de capa), y por otro a entender los “modos de fusión”.

Estos modos de fusión implican que, al poner una capa encima de otra, Photoshop comparará píxel a píxel el contenido de la una y la otra y, dependiendo el modo de fusión que hayamos elegido, nos proporcionará un resultado determinado. Por ejemplo, el modo “Normal” es el más sencillo de entender: compara el píxel de la capa de abajo, el píxel de la capa de arriba… y pone siempre el píxel de la capa de arriba. A partir de ahí, todo se complica. La propia ayuda de Photoshop hace una definición bastante exhaustiva (aunque no sé si muy clara; a mí me cuesta) de los modos de fusión. Hay tutoriales por ahí que intentan explicarlo un poco mejor, pero sigue teniendo su miga. Por haber, hay hasta libros centrados específicamente en este tema. Yo es algo en lo que quiero profundizar, aunque tengo la sensación de que al menos en parte tendré que seguir haciendo uso de mi sistema actual: ensayo-error. Poner dos capas, e ir probando los distintos modos de fusión hasta encontrar el que más me convenza. Si en el futuro puedo añadir algo de “conocimiento previo” al sistema para que no sea casi aleatorio como hasta ahora, mejor.

En fin, que probando, probando, se acaban obteniendo resultados curiosos. Por cierto, que en esta composición también utilicé un “efecto fuera de límites” (eso que parece que la mano de la niña y el libro se salen de “la foto”, que en realidad es un marco creado artificialmente), algo que en sí mismo no tiene mucho misterio pero aplicado a algunas fotos puede dar un toque diferente y curioso.

Retrato texturizado

Retrato texturizado

Hoy he estado trasteando con algo que he visto por ahí hecho numerosas veces, pero que apenas había probado: la utilización de texturas (imágenes de fondo como un papel antiguo, madera, arena… lo que fuere) combinadas con una fotografía. En este caso, he usado a la peque como conejillo de indias… y bueno, ahí está el resultado.

La forma de aplicarla realmente no es nada complicada: lo explican en muchos sitios, como por ejemplo este tutorial para aplicar texturas, o este video demostrativo de aplicación de texturas. Creo que las claves están primero en escoger la textura adecuada, y luego en jugar con las máscaras de capa para así conseguir un efecto de unión entre foto y textura perfecto.

No creo que sea algo de lo que abusar, pero sí es verdad que puede transformar una foto en algo completamente distinto.

Posando para la foto

Estoy unos días de vacaciones en casa de mis padres. Como suele ser habitual, la casa está llena de recuerdos acumulados a lo largo de toda una vida, incluyendo muchas fotos. Me he estado fijando en ellas, y me he dado cuenta de que el 99% de ellas responden a un patrón común: son fotos “posadas”. Me refiero a esas fotos, individuales o de grupo, en la que los sujetos miran a la cámara, ponen su “sonrisa de foto” y su “pose de foto”, permanecen quietos durante unos segundos y dicen “patata”. Por haber, hay incluso unas cuantas fotos de carnet de varios miembros de la familia a distintas edades (incluyendo, claro, unas cuantas mías).

Lo cierto es… que no me gustan demasiado. Es verdad que es una costumbre eso de “sacarse una foto”, normalmente para celebrar alguna ocasión especial (cumpleaños, navidades y eventos similares), o cuando uno va de viaje. Pero, para mi gusto, son fotos “falsas”, poco naturales. Sí, certifican eso de que “yo estuve allí” y/o “yo tenía esta cara”, sirven como testigo de un momento determinado. Pero no transmiten casi nada aparte de eso.

Me gustan mucho más las fotos más naturales, las fotos que reflejan un gesto espontáneo, una interacción, un cruce de miradas, una sonrisa no forzada, una postura no preparada para la foto… ésas son las fotos que me gusta sacar, y ésas son las fotos que me gusta colgar en mis paredes o regalar. Aunque claro, son fotos mucho más difíciles de conseguir.

Bolardo de Santoña

Bolardo

Santoña, en Cantabria, es un lugar curioso. De origen marinero, con una importante industria conservera, ha evolucionado (sin perder sus señas de identidad: el puerto y la lonja siguen moviendo toneladas de mercancía) para integrar también el perfil turístico: puerto deportivo, parque natural de las marismas, los fuertes militares napoleónicos convertidos en centros culturales, esculturas por doquier, paseos para turistas… Todo ello alrededor de su agradable paseo marítimo, adornado con bolardos como éste, a cuyos pies hay una pequeña playa que sólo aparece con la marea baja.

Y este bolardo (o noray, como por lo visto también se llama) refleja para mí esa doble identidad. Alejado de su uso original (servir como amarre para las embarcaciones), sigue en su posición, ahora como ornamento. Evolución e integración de distintas realidades, pero siempre con el mar como protagonista.

El viaje de la visión

Una de las cosas que tiene esto del hobby fotográfico es que te apetece leer sobre ello. Yo voy leyendo libros aquí y allá: que si un manual genérico sobre fotografía, que si un libro más específico de iluminación, o de macrofotografía… Normalmente incluyen algunas cosas que ya sabes, otras que vas aprendiendo… pero estos días he dado con un libro que además me ha hecho reflexionar. Se trata de “Within the frame: the journey of photographic vision“, de David Duchemin.

Duchemin centra gran parte del libro en un concepto, la “visión“. La idea de que una fotografía es un instrumento de transmisión de sensaciones, y que el fotógrafo es el encargado de identificar la esencia (de un lugar, de una persona, de una situación) y crear (a través de la técnica, la composición, la iluminación, incluso la post-proudcción) una imagen que consiga que otros, al verla, perciban y sientan dicha esencia.

Digo que este libro me ha hecho reflexionar porque, hasta ahora, mi acercamiento a la fotografía está siendo muy “técnico”. Estoy aprendiendo las bases de la composición, de la exposición, de la iluminación, del retoque… despacito y con buena letra. Pero no me había parado a pensar que todo eso no son más que medios para alcanzar un determinado fin. La idea de que primero hay que pensar en el sentido que se le quiere dar a una imagen, y después poner todos los elementos técnicos a trabajar para dar forma a esa visión, es nueva para mí. Hasta ahora era algo que no me había planteado conscientemente. Si acaso, en alguna ocasión puede haber surgido de forma inconsciente/intuitiva dando lugar a fotos que luego, al mirarlas, me hacen pensar “mira, esta foto parece que transmite algo”. De hecho, revisando ahora algunas de las fotos que más recuerdo, me doy cuenta de que precisamente las recuerdo porque hay una conjunción de factores (expresión, composición, técnica, iluminación, post-procesado) que se han alineado (insisto, en mi caso de forma inconsciente/intuitiva) para crear una imagen más “memorable”.

Me queda mucho, muchísimo por aprender en el ámbito de la técnica. Pero el libro de Duchemin me ha abierto los ojos a este mundo de la “visión”, que también tendré que empezar a desarrollar poco a poco. Curiosamente, tengo la sensación de que no son dos mundos en conflicto, sino más bien complementarios: tratar de plasmar de forma consciente una visión en una imagen me va a ayudar a desarrollar más y mejor la técnica, porque servirá para enfrentarme a mis limitaciones (“quiero transmitir esto, y para ello necesito aplicar estas técnicas que desconozco así que voy a aprenderlas”). Y en paralelo, cuantas más técnicas aprenda, más alternativas tendré a mi disposición para plasmar una determinada visión.

En fin, no sé, tengo la sensación de que este libro ha supuesto dar un paso importante en mi concepción de la fotografía.